Por la mañana, abres tu gestor de tareas, pero un minuto después te pasas a Slack. Allí te recibe una montaña de mensajes no leídos, notificaciones, menciones e hilos interminables. Alguien propone una idea, otra persona toma una decisión importante y, cinco minutos después, toda esa conversación queda enterrada bajo docenas de mensajes nuevos.